El océano de las historias

La clase obrera y campesina miman la chispa de la vida

“Los campesinos y los obreros saben que el día no cae del cielo, que el día hay que desenterrarlo de las entrañas de la tierra, hay que sacarlo del hierro a martillazos”, cuenta el poeta sueco Artur Lundkvist. Frente a ellos, “los irreales son los otros, esos que andan como ausentes, esos con guantes y largas uñas, que manejan cifras sin descanso”. Esos que “viven alejados de la tierra, en las alturas, y desde allí escupen sobre las copas de los árboles”. Lundkvist reflexiona en este maravilloso poema sobre la chispa de la vida y sus defensores, aliados, cuidadores.



Los campesinos y los obreros

son reales como el pan y el martillo,
los hombres imprescindibles que siempre tienen razón
pero a los que siempre tratan sinrazón.
Los campesinos
bajan su mirada hacia los manantiales donde giran las estrellas
y viajan en compañía de ruedas vestidas de hierba.
Los obreros utilizan el fuego
y sienten la fuerza de oso enjaulado del agua.
Los campesinos y los obreros
saben que el día no cae del cielo:
el día hay que desenterrarlo de las entrañas de la tierra,
sacarlo del hierro a martillazos, aguzarlo en las piedras de afilar.
Sus ojos son claros de la leche que beben,
su olor a estiercol y a humo
ahuyenta al resfriado,
son reales como la hierba y las piedras.
Los irreales son los otros, esos que andan como ausentes,
esos con guantes y largas uñas,
que manejan cifras sin descanso.
Sus negros cortinajes cierran el paso a la mañana,
la leche y el carbón les son ajenos.
Viven alejados de la tierra, en las alturas, y desde allí escupen
sobre las copas de los árboles.
Navegan sobre el mármol con sus patines
y hacen vigilar el mar por sus soldados.
Se esconden bajo sus párpados
y pulsan botones en sueños.
Pero los obreros, los campesinos
buscan al alba sus húmedas bicicletas,
sus frías herramientas.
Miman en sus manos la pequeña chispa del día.

artur lundkvist

Artur Lundkvist se parecía a Julio Cortázar, pues se situaba por encima de los demás, aun estando a nivel del suelo, y fue un puente entre dos continentes. Nació en Oderljunga, el 3 de marzo de 1906, en el seno de una familia campesina. Desde niño se sintió fuertemente atraído por la literatura, cuya actividad, para su época y ámbito, era propia de haraganes o un privilegio de ricos. En su libro autobiográfico “Vindingevals” (1956) se puede advertir que su infancia kafkiana estuvo enfrentada al despotismo del padre, quien hizo lo posible por incorporarlo a la faena del campo, para así evitar una vergüenza en la familia. Mas este campesino trotamundos, autodidacta como otros autores de la “generación de escritores proletarios”, abandonó su hogar siendo todavía adolescente y se refugió en el laberinto de la ciudad, donde, acosado por las tertulias de los intelectuales de clase media, se sintió más inmigrante que provinciano.

Durante largo tiempo no hizo otra cosa que leer, estudiar y leer, hasta que en 1923 publicó su primer cuento y, en 1928, su libro “Ascua”, debut con el cual comenzó su fulgurante carrera literaria.

En la actualidad está considerado como una figura señera de la vida cultural sueca. De su puño y letra nacieron más de 90 obras, y su imagen -junto a la de August Strindberg, Ingmar Bergman y Astrid Lindgren- es una de las más reputadas a nivel internacional, pero no sólo porque fue un autor prolífico que rompió con el molde “insular” o “imaginario” de la labor intelectual en los países escandinavos, sino, sobre todo, porque fue miembro de la Academia Sueca, que año tras año atrae la atención general del mundo literario, donde él jugó un rol determinante en la concesión del Premio Nobel a los poetas y narradores latinoamericanos.

Artur Lundkvist fue un mito en su propia tierra. Se dice que leía más de 500 libros por año y que jamás corregía dos veces un mismo texto. De una caja del escritorio extraía hojas vacías, las llenaba con palabras y luego las guardaba en otra caja como obras acabadas. En consecuencia, no fue un artesano de la palabra escrita, sino una suerte de computadora que publicaba hasta dos libros por año, con la misma facilidad con que publicaba sus artículos en periódicos y revistas.

En la década de los años 30, Lundkvist formó parte del grupo conocido con el nombre de “Cinco Jóvenes”, que marcó un hito en la literatura sueca, en atención a que ellos discriminaban toda escala de valores que la sociedad había constituido como entes absolutos, y que ellos consideraban decadentes y obsoletos.

Desde un principio actuó influenciado por el surrealismo francés, el socialismo y, con mayor intensidad, por el modernismo; corriente de la cual fue su más fiel exponente. Ya en los años 30 presentó a los modernistas finlandeses y a los nuevos escritores norteamericanos, a Eliot, Faulkner, Whitman y Jahn Perse, entre otros.

Para Artur Lundkvist, a quien se le puede leer tantas veces como a Joyce, el modernismo es sinónimo de renovación en el arte y la cultura, una escalera mágica que debe ser ascendida por el hombre. La poesía es siempre revolucionaria -decía- aunque el escritor sea profundamente reaccionario.

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