El océano de las historias

La maldita desobediencia

“La desobediencia no construye autopistas, es cierto, pero nos ha hecho surcar el universo con el pequeño cohete de nuestro dedo índice. Sacarle la lengua al pasado y su negra procesión de nosepuedes. Pintarle un ridículo bigote a todas las verdades absolutas”, proclama el poeta Miguel Martínez López (Madrid, 1982) en este soberbio canto desobediente.

Desobediencia

Obedeciendo se extienden los imperios
se construyen ejércitos,
aviones supersónicos,
se levantan catedrales.
Demos gracias a la bendita obediencia
porque ella es la verdad y la cuadrícula del mundo
porque ella nos ha abierto este camino de progreso
en la selva cerrada de los siglos.

Por eso la enseñamos en el cole
Porque la recta es la distancia
más corta y aburrida entre dos puntos.
Por eso nos prohíben seguir con la mirada
la espiral en vuelo de las moscas
y nos hacen amarrar en un establo del cerebro
los caballos azules de los sueños.
Y nos aconsejan :
es mejor un solo pájaro en la mano
que una desbandada en la cabeza,
renuncia a tu trébol de diecisiete hojas
asesina al dinosaurio que duerme
al otro lado de tu frente.

Y sin embargo de la maldita desobediencia
no nos dicen ni mú
porque no se necesitan soldados desertores
ni conductores de autobús con inquietudes.
No hacen falta jardineros que rieguen con ternura
todas nuestras interrogaciones
y por eso matamos a los perros
que siguen suspirando como lobos
y suicidamos a los oficinistas
enamorados de la fotocopiadora.

Nos olvidamos, sin embargo, de que esta historia,
la nuestra,
comenzó desobedeciendo:
aquel intrépido homo loquefuera
que regresó de las llamas del primer árbol ardiente
con un trocito de trueno entre las manos
con una rama de fuego doméstica y minúscula
es el padre de todos los que estáis leyendo esto

Somos el animal desobediente
el hijo protestón de mamá Naturaleza.

La desobediencia
no construye autopistas
es cierto,
pero nos ha hecho surcar el universo
con el pequeño cohete de nuestro dedo índice
Sacarle la lengua al pasado
y su negra procesión de nosepuedes.
Pintarle un ridículo bigote
a todas las verdades absolutas.

La maldita desobediencia
nos hizo cambiar el jardín del paraíso
por esta pensión llena de goteras y palabras
por esta pequeña habitación con vistas a la nada

Y quizá no vaya a salvarnos del incendio
pero mientras el miedo se empeñe en que callemos
habrá que seguir arriesgando la garganta
aunque solo sea
para que el obediente silencio
no llegue a tener nunca
la última palabra.

II

Yo volvía del colegio y era un niño
caminando por la acera de mi barrio
con toda mi conciencia para mí
como un parque recién inaugurado.
Entonces jugaba siempre el mismo juego
en mi mente había un botón
que yo pulsaba.

Los coches se quedaban congelados
los pájaros en pause
los niños a mitad del tobogán
los abuelos a punto de entregar la receta en la farmacia
hasta la lluvia se quedaba suspendida
como si las gotas estuvieran cosidas en el aire.

Entonces yo corría en todas direcciones
me montaba en los coches que me daba la gana
merendaba gratis en las pastelerías
pintaba tonterías en la cara de los señores serios
levantaba la falda a cuadros del misterio
ganaba por una vez mi partida contra el mundo.

Muchos años después
juego a escribir estos poemas
es el único modo que he encontrado
de pulsar ese botón de vez en cuando.

Miguel Martínez López (Madrid, 1982). Profesor de Filosofía en Bachillerato. Ha participado en antologías y festivales como la del III Día Internacional de la poesía en Segovia o “Voces del extremo 2014 Poesía y Resistencia”. “Mis pies de mono” (Tenerife, 2014) es su primer poemario. Reside en Madrid e intenta ser feliz un rato largo. Si es posible.

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