CHIRIBITAS

Esta primavera, chiribitas que prenden la vida

Las hay, historias encendidas, que saltan del roce de los cuerpos y echan chispas. Las hay, lucecillas alborozadas, que asaltan los ojos y conquistan la mirada con la ilusión de lo que está por venir. Y las hay, naturales, que deshojan los amores y florecen por cualquier lado. Todas las chiribitas de este libro prenden la vida.

“Chiribitas. Historias que prenden la vida” es un libro de 72 relatos de no ficción de Gorka Andraka Ibargaray y 54 ilustraciones de Cristina Sáez Morquecho cultivadas en diferentes rincones del planeta: La Realidad y San Cristóbal de las Casas (México), Cartagena de Indias (Colombia), Sao Paulo (Brasil), La Paz (Bolivia), Atacama (Chile), Bagdad (Irak), Gaza, Jerusalén, Belén (Palestina), Ksar El Kebir (Marruecos), Ausserd y Dajla (RASD), Moscú (Rusia), Florencia (Italia), París (Francia), Evián (Suiza), Islas Canarias, Barcelona, Alicante, Sevilla, Vegüellina de Órbigo, Laredo, Hondarribia, Bilbao,Gernika, Armintza… y ha florecido justo con la llegada de esta primavera gracias al cariño y los cuidados de la editorial Libros en Acción. Está a la venta en todas las librerías y también lo podéis comprar en la página de Ecologistas en Acción: www.ecologistasenaccion.org/tienda/

Gorka Andraka Ibargaray (Armintza, 1968) es periodista chisquero y agita las ondas con el programa de radio Mar de Fueguitos. Este espacio, dedicado a los sueños y luchas de los movimientos sociales y sus gentes se emite en 97 Irratia, radio libre de Bilbao, y en otras 23 radios comunitarias. www.mardefueguitos.info

Cristina Sáez Morquecho (Miranda de Ebro, 1975) es bióloga, librera en Louise Michel liburuak e ilustradora. www.louisemichelliburuak.net.info

A continuación, os dejamos varias chiribitas que arden la vida en este libro. Ojalá os gusten, prendan.

La dicha de volar

El infierno de los vivos existe. El pueblo saharaui hace cuarenta años que lo sobrevive en su infame destierro. La primera vez que lo visité, en 1993, las urnas y los censos aún consolaban el hambre de justicia y vaticiné que pronto quedaría desierto. Pero ahí sigue. Inmutable. Y ahí permanecen. Atrapados.
A pesar del tiempo pasado, del doloroso error de cálculo, aún recuerdo la enigmática y solitaria frase en la pizarra de un aula vacía del campamento de refugiados de Ausserd: “La otra noche que era viento”. Una declaración, una locura, un deseo en medio de la endiablada nada. Las gentes del Sáhara, libres, viento.



Ciencias naturales

Hay preguntas infantiles que cortan la respiración. ¿Los árboles van al Cielo?, le lanzó un chaval a quemarropa al periodista Manu Leguineche.
Hay cuestiones mayores que sobrecogen la propia existencia. Los murmullos de un riachuelo, ¿cuánto duran?
Ceci y Javi visitan a unos amigos indígenas en una apartada comunidad de la selva chiapaneca. La última vez que se vieron no estaban aún seguros de qué día regresarían así que acordaron que no prepararan nada. A su llegada, una gallina, el plato de las grandes ocasiones, se dora al fuego. “¿Cómo supieron que veníamos hoy?”, indagan perplejos. “Durante toda la mañana una mariposa no paró de revolotear por la casa”, responde con naturalidad su anfitriona. ¿Cuánto vale esa pregonera voladora?



El recado global

El enjambre multicolor cubre los siete kilómetros entre la Fortezza da Basso, antiguo recinto militar que acoge los seminarios, y el estadio de fútbol Artemio Franchi, escenario de la gran fiesta de despedida. Nunca se había visto nada igual. Alrededor de un millón de personas recorre la ciudad de Florencia en el primer Foro Social Europeo. Varias miles más, asomadas a las ventanas y balcones, aplauden emocionadas al paso de la gigantesca marcha contra la guerra y el neoliberalismo. La utopía despierta. Y camina. “Scendo… cambio il mondo… e torno”. El aviso cuelga de una terraza desierta pintado en una sábana. Bajo… cambio el mundo… y vuelvo.


El nuevo mundo

Hacía tiempo que se lo había prometido. En un par de semanas Ana vuela con su madre a República Dominicana. Para la anciana será su primer desplazamiento largo, transoceánico. Ana, sin embargo, a sus cuarenta y tantos, está muy viajada. Una tarde, antes de partir, la hija abre un atlas y recorre en el mapamundi los miles de kilómetros que separan Bilbao de la isla caribeña. Su madre, atenta, boquiabierta, descubre los confines del planeta: “Ahora entiendo por qué viajan tanto los jóvenes. Hay tantos lugares, tanto que ver”.


La pecera obrera

No hay más chinos en Armintza, así que Jiang y Feng se convierten pronto en tema de conversación en este pintoresco pueblo de la costa vizcaína. Y eso que se pasan casi todo el día encerrados en el piso que reforman. Llegan bien temprano en el autobús de línea, trabajan a destajo y regresan a casa con la noche a cuestas. Tan sólo Feng se deja ver algunos días a la hora de comer por la orilla de la mar, entre rocas y pozos. “Para mi niña, niña china, pequeña. Ella no conoce”, me explica Feng, que apenas chapurrea castellano, una tarde que coincidimos en el bus. Y agita entre sus manos un botellín de plástico lleno de agua salada, caracolillos y quisquillas.

La pelota de la paz

“Shalom”, saludan los soldados israelíes a las puertas del muro de su vergüenza. Y sientes una punzada en el pecho. “La paz es la palabra que atesora el viajero para el cruce en el camino con el viajero”, recuerda Mahmoud Darwish, el poeta palestino. “Shalom”, humillan con su paz armada hasta las lenguas. Palabra de soldado. La muerte de la palabra.

Amal y Dana aguardan su turno en Belén. Pacientes. Chiquitas. Con el uniforme del colegio y la mochila cargada de libros. Hormiguitas de la paz. De aquí para allá. La escuela y la casa separadas por la gigantesca pared del apartheid. “La paz es un tren con pasajeros que van o vienen de excursión por las afueras de la eternidad”, fantasea Darwish.

“Shalom”, insisten los soldados. Y las niñas, imperturbables, prosiguen la marcha tras cruzar el muro. De este lado, entre las infinitas pintadas que lo acusan, cuelga también su reclamo: “Give me my ball back”. Devuélveme mi balón.

La salsa de la vida

Asomarse a un parque infantil, universidad de la niñez, depara en ocasiones aprendizajes sorprendentes. “Eres una jugosa”, piropea una criatura a su madre. “Así no se dice, cielo, jugosas son las naranjas o las sandías, pero no las personas”, rebaten el cariño y la corrección adultas. Pero el pequeño insiste, “sí, sí, jugosa”, y remata sin asomo de duda, “jugosa, porque te gusta mucho jugar”.



Aquí podéis escuchar la entrevista a la ilustradora Cristina Sáez Morquecho en el programa de radio Mar de Fueguitos:

“Me gusta copiar de la realidad, hacer un dibujo directamente de lo que vemos, pero no es lo que me apasiona. Lo que más me entretiene y encanta es poder imaginar cómo trastocar o cómo darle mi propia visión a algún hecho real”, explica la ilustradora, librera y bióloga Cristina Sáez Morquecho (Miranda de Ebro, 1975), autora de los dibujos de “Chiribitas. Historias que prenden la vida”, su primer libro recién publicado por la editorial Libros en acción. “Muchos de mis dibujos, como estudié biología supongo que eso al final se queda plasmado de alguna manera, son en relación a la naturaleza y me gusta jugar mucho con los tamaños y reubicarlos. Decir, por ejemplo, que el ser humano es mucho más pequeño dentro de la naturaleza. Es como tratar de encuadrar al ser humano en un naturaleza que es mucho más amplia y nos engloba. Y eso me gusta mucho plasmarlo en los dibujos”, añade la ilustradora.

“Tampoco es que quiera llevar un discurso feminista cuando dibujo pero sí creo que es parte de mi forma de mirar. Entonces, cuando dibujo me sale dibujar cuerpos de mujer, cuerpos que yo considero que son naturales, no los que están esteriotipados por el patriarcado, con las formas normativas de mujer blanca, delgada, esquelética casi, y sin pelos”, cuenta la ilustradora Cristina Sáez Morquecho sobre su manera de pintar. “En realidad, creo que hago mujeres más reales y también muchas mujeres relacionadas con la naturaleza porque yo vengo al final del ecofeminismo. En mis dibujos, sin hacer un discurso claro de lo que es el feminismo, sí que está integrado, sí que plasmo esa mirada”.

Y aquí tenéis varias ilustraciones más de Cristina Sáez Morquecho para este libro:

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