ENTREVISTAS

«Al contar los sueños, exponerlos en público, entran en movimiento y sirven a la comunidad»

«El primer paso para activar los sueños es hablar de los sueños. Al tener la posibilidad de escribirlos, hacer el relato, la transcripción, y exponerlos en público, ese sueño, esa situación soñada, entra en movimiento y de alguna manera sirve a la comunidad», explica el artista brasileño Rafael Frazao al hablar de su propuesta «Sueños del barrio-Auzoko ametsak», una invitación a las personas que habitan el barrio bilbaíno de San Francisco para recolectar y compartir sus sueños nocturnos en una red abierta, una comunidad de personas soñadoras, desde la que poder imaginar otras posibilidades de presente y futuro. Para recolectar estos sueños organizan encuentros, dormidas y siestas colectivas, talleres y diversas actividades con lo soñado. «En nuestro abordaje del universo onírico, del mundo de los sueños, tenemos una serie de influencias de muchas culturas y ciencias del sueño. Y, sobre todo, a la hora de establecer nuestra metodología, mi experiencia en Brasil, en América Latina, con los pueblos originarios brasileños ha sido bastante fundamental. A diferencia de la concepción occidental, más clásica, del sicoanálisis, que tiene que ver con que el sueño es más individual, los sueños funcionan para esos pueblos amazónicos, amerindios, como una especie de espacio público cosmopolita. Nosotros también entendemos ese lugar como un lugar colectivo, un espacio de comunicación en el que puede pasar de todo. Y menos como una espacio de representación. Entonces, cuando nos ponemos colectivamente a recolectar sueños nos autorizamos a estar en ese espacio de cruce de encuentro con el otro», añade Rafael Frazao.

«El sueño en sí ya es una práctica. En nuestro trabajo, el soñar nocturno se convierte en práctica, en un lugar de acontecimiento. No es un lugar secundario frente a la realidad o la vigilia, que puedan tener más importancia. No es un lugar menor sino que es un lugar horizontal, resonante, igualmente vital, que ocupa mucho tiempo de nuestra vida», cuenta el coreógrafo vasco y profesor universitario Ibon Salvador. «En la práctica lo que sucede es una comunidad afectiva inmediata, de intimidad. Por ejemplo, en el barrio de San Francisco, cuando tú le cuentas un sueño a alguien, puede ser un sueño maravilloso pero también una pesadilla recurrente, un afecto perdido… Sucede mucho, se habla mucho de muerte, de seres que vuelven. Y en la práctica lo que sucede es que se abre un espacio de fragilidad, no de fuerza, junto con ese saber transversal, compartido, que crea lazos con las personas que compartimos ese momento, lo mismo en la versión de la siesta que en los talleres que estamos dando. De pronto, explota un momento en el que nosotros pensamos que vamos a hablar de sueños y va a durar media hora y, sin embargo, la gente quiere quedarse, quiere estar hablando dos horas, dos horas y media, escuchando que sueña el otro. Y es que lo que sueña el otro me hace recordar también lo que yo soñé», relata Ibon Salvador.

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