Abdoul Salam Coulibaly decidió marcharse de su pueblo, en Mali, hace casi tres años cuando en pleno conflicto entre los grupos rebeldes tuareg y el Ejército maliense asesinaron a su hermano. Comenzó así «un viaje sin destino» que le llevó primero a Argelia, «donde la policía no dejaba de perseguirme», y a Marruecos, «donde tuve que dormir a la intemperie en el monte durante mucho tiempo». Al final, «tras arriesgar mi vida y cruzar el mar dentro de una patera», consiguió llegar a la localidad de Motril. La travesía duró un día y con él viajaron otras 36 personas, entre ellas una mujer embarazada y dos niños, que afortunadamente llegaron sanas y salvas a las costas españolas. A pesar de ello, Abdoul no ha olvidado esa travesía, «un viaje muy horrible porque el mar es demasiado grande».
Una vez en Motril, Abdoul estuvo tres días encerrado en la cárcel para pasar después al Centro de Internamiento de Tárifa, «una media cárcel en la que sólo podía ver el sol y pasear por el patio dos veces al día, como si hubiera cometido algún delito o hubiera hecho algo malo». Tras pasar dos meses en el CIE, Abdoul fue trasladado a la Cruz Roja y de ahí a Bilbao, con CEAR-Euskadi, donde tramitó y presentó su solicitud de refugiado. Han pasado ya dos años y cuatro meses desde entonces y sigue esperando la respuesta del gobierno español a su demanda de asilo. Abdoul espera y mientras rehace su vida sin dejar de preguntarse que ha hecho mal, por qué le tratan así «sólo por cruzar el mar buscando un país en el que estar tranquilo y seguro».
Este viernes, 20 de junio, se conmemora en todo el mundo un nuevo Día Mundial de las Personas Refugiadas.
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